Yosco

Registrado: 14 Abr 2007 Mensajes: 2271 Ubicaci�n: Leioa (Vizcaya)
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Publicado: Mie Abr 16, 2008 12:13 am T�tulo del mensaje: Un cuento de Alfonso X el Sabio. |
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Cuento recogido por Alfonso X el Sabio en el Libro de Calila e Dimma, traducción del Panchatantra
Sobre el religioso y el can. Cuento del hombre que hace las cosas sin pensarlas al regresar a su hacienda
Dijo el rey al filósofo: “Ya oí este ejemplo -cuento VII- y lo entendí; cuéntame ahora el ejemplo del hombre que hace las cosas sin albedrío y sin pensamiento y que retorna a su hacienda”.
Dijo el filósofo: “El que hace sus cosas sin pensar siempre se arrepiente, y esto se asemeja al ejemplo del religioso, del perro y de la culebra”.
Dijo el rey: “¿Y cómo es el cuento?”.
Dijo el filósofo: “Dicen que en tierra de Xorxen, había un hombre muy religioso que tenía una esposa que tardó largo tiempo en preñarse; cuando al fin consiguió quedarse embarazada, su esposo, muy gozoso, le dijo:
-Alégrate, pues por Dios que parirás un hijo varón, cumplido de sus miembros, con que nos alegremos y del que nos aprovechemos; así, quiero buscarle un ama que lo críe, y buen nombre que le ponga.
A lo que dijo la esposa:
-¿Por qué hablas lo que no sabes? Calla y confórmate con lo que Dios te diere; que el hombre entendido no afirma las cosas inciertas, ni juzga las venturas, pues esto solo lo hace Dios, y que sepas que quien quiere contrastar las venturas y juzgar las cosas antes de que sean, le sucede lo que le acaeció al religioso, que vertió la miel y la manteca sobre su cabeza.
Dijo el marido:
-¿Y cómo fue eso?
Dijo la esposa:
-Dicen que un pobre cada día salía a pedir limosna a casa de un mercader rico, pan y miel y manteca y otras cosas de comer. Y comía el pan y los otros comestibles, pero guardaba la miel y la manteca en una jarra, y la colgaba a la cabecera de su cama, hasta que un día se llenó la jarra. Y sucedió que se encareció la miel y la manteca, y estando una vez sentado en su cama, comenzó a hablar entre sí y dijo así: ‘Venderé lo que está en esta jarra por tantos maravedíes, y compraré con ellos diez cabras, y cuando estén preñadas parirán al cabo de cinco meses’. E hizo cuenta de esta guisa, pero pensó que necesitaría cinco años para conseguir cuatrocientas cabras. Así dijo: ‘Las venderé y con los maravedíes compraré cien vacas, por cada cuatro cabras tendré una vaca, y tendré simiente, y sembraré con los bueyes, y con los becerros y con las hembras tendré leche, y antes de los cinco años pasados tendré de ellas y de la leche y de las mieses algo grande, y labraré muy nobles casas, y compraré esclavos y esclavas; y hecho esto, me casaré con una mujer muy hermosa de gran linaje y noble, y tendremos un hijo varón cumplido de sus miembros, y le pondré muy buen nombre, y le enseñaré buenas costumbres, y le castigaré con los castigos de los reyes y de los sabios, y si no recibe castigos ni enseñamiento, le pegaré con esta vara que tengo en la mano para hacerle mucho mal’. Y diciendo esto alzó la mano y la vara, y dio con ella en la jarra que tenía en la cabecera de la cama, quebrándose y derramándose la miel y la manteca sobre su cabeza. Así, tú, esposo bueno, no quieras hablar ni armar lo que no sabes que será.
Así parió la esposa un hijo cumplido de sus miembros, y fueron muy gozosos con él.
Y sucedió un día que se fue la madre a un recado, y dijo al marido:
-Cuida a tu hijo hasta que yo vuelva.
Y la esposa se fue, y estuvo él poco tiempo en casa, pues se le antojó que tenía que hacer alguna cosa que no podía excusar, y dejó para que guardase al niño un can que había criado en su casa. Y el can lo guardó cuanto pudo, pues estaba bien enseñado. Pero había en la casa una cueva con una culebra negra muy grande que salió para matar al niño. Y el can cuando la vio saltó hacia ella matándola y lo ensangrentó todo.
Al volver el hombre de su mandado, salió el can a recibirlo a la puerta con gran gozo, mostrándole lo que hizo, pero él, cuando vio al can todo ensangrentado, perdió el seso pensando que había matado a su hijo, y dio tal golpe al can hasta que lo mató, y después entró y halló al niño vivo y sano, y a la culebra muerta y despedazada, y entendió lo que realmente sucedió, y comenzó a llorar y a arrepentirse.
Y estando en esto entró su esposa y le encontrón llorando, y le dijo:
-¿Por qué lloras y qué es esta culebra que veo despedazada y tu can muerto?
Y él le contó lo que le sucedió con el can y la culebra, y su mujer le dijo:
-Éste es el fruto del apresuramiento, y del que no mide la cosa antes que la haga, y que sea bien cierto: arrepentirse cuando no tiene remedio. |
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