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MOTES COLECTIVOS EN TIERRAS DE GORDÓN

 Publicado por Diario de León  -  1992
               Alfonso García

   En cualquier caso, quizá por esta razón, el tono del mote, al menos en algún momento, pierde fuerza en su acritud para ganarla en un cierto humorismo elemental.

   Cabornera es el único pueblo cuyos habitantes reciben un mote relacionado con una de las actividades tradicionales. Se les conoce como camberos porque hacían cambas, «pieza del carro leonés antiguo» (Francisco Escobar García, Gordón. Apuntes para la historia del Municipio, p.349). Aquí se dedicaba mucha gente al trabajo de estas piezas y otras, también en madera, como las gargantas del arado, calzaduras para los forcaos, etc.

   Los de Beberino tienen dos motes.

   El primero, y fundamental, es el de descalzos. Así se llamaba, lógicamente por su descalcez, a los franciscanos, de cuya orden religiosa existió una abadía, según cuenta Jovellanos en sus Diarios, dependiente, al parecer, del Monasterio de Guadalupe y que, aún conservada parte de su estructura, vivió algunas peculiaridades curiosas e historias singulares.

   También, y relacionado con lo anterior, se les conoce como capones. Hubo algunos momentos, especialmente en la Edad Media, en que los frailes tuvieron fama de glotones. Y justamente cuando el pollo se convirtió en rey de la mesa, un capón -«pollo que se cebaba para comerlo»- era un manjar. Nada tiene de extraño que, en este juego popular de relaciones, derivasen hacia el mote. Hace años un anciano vecino de Beberino me comentaba recordar de niño que a veces les «tomaban el pelo» con estos versos:

   Descalzos y frailes son.
   En esta casa tan pía,
   de tanto silencio ni pía
   el más hermoso capón.
   Cuando dicen el sermón
   del domingo en la mañana
   al pollo de la semana
   otorgan su bendición.

   ¿No sobra cualquier comentario?

   Ciñera es el pueblo más joven de Gordón, puesto que perteneció a La Vid hasta el 1 de enero de 1925 (Alfonso García Rodríguez, tesina inédita: Aspectos sociales de Gordón en el año 1905, según la prensa leonesa), lo que supone, como pueblo, el mote más moderno y, seguramente, el más desconocido.

   La historia de «Los Casetones» -unas casas/barracones en pleno monte, cerca de las explotaciones mineras que aquí empezaron a dar trabajo pasada la mitad del anterior siglo- es una de las más apasionantes aventuras para estudiar con detenimiento. Para llegar desde aquí al pequeño núcleo del poblado de Ciñera, un racimo de casas en torno a la antigua iglesia, se exigía un esfuerzo, pues la distancia era larga, y el camino de vuelta duro y empinado. Los pocos días que el trabajo dejaba libre, los vecinos de «Los Casetones» solían bajar hasta la cantina próxima a la iglesia. Alguien puso un día como disculpa para no hacer este paseo que los vecinos de «allá bajo» son «unos brujos». Durante algún tiempo los llamaron así, aunque fue un mote que, al no echar verdaderas raíces, no llegó a extenderse, en parte, sobre todo, por lo moderno del pueblo, tan recientemente segregadao de La Vid. Esto no quiere decir que este núcleo no existiese desde muy antiguo.

   Lo que quizá no supo el, para nosotros anónimo autor de la disculpa, es que en aquel pequeño racimo de casas en torno a la ermita sí hubo, en algún momento, cierta proximidad a los encantos de la brujería.

               UNA MOSCA TUVO LA CULPA

   Acabamos nuestro itinerario de hoy en ese hermoso pueblo que es Geras, tan conocido ahora por sus excelencias gastronómicas, siempre uno de los más celosos guardianes de las costumbres y tradiciones de Gordón, una de las cuales cuento en La Cruz de Mayo.

   Los habitantes de Geras son conocidos en toda la comarca como los de la mosca, moscardones o, sobre todo, moscos, sinónimos que apuntan al mismo hecho, muy comentado en los pueblos de la comarca. Cuentan que había una mosca en cierta ocasión que picaba a todas las vacas, lo que llegó a convertirse en un auténtico problema. Y decidieron reunirse en concejo para ver qué solución podían tomar. La decisión fue andar todos con la boca abierta a ver si la mosca entraba en la de alguno y así quedaría atrapada. Así ocurrió. Pero el hombre, deseoso de comunicar la buena noticia a los demás, tuvo que hablar: «Chá está», exclamó, momento que aprovechó la mosca para volver a campar a sus anchas. No se sabe cuánto, pero durante mucho tiempo la mosca siguió siendo una auténtica pesadilla para los habitantes de Geras.

   Los vecinos de Buiza y Folledo mantuvieron desde siglos un enfrentamiento. Los primeros vendieron a los de Folledo el pastizal de Las Campas, pagado en cántaros de vino y azúcar, por lo que los de Buiza recibieron el nombre de azucareros, sin duda por el que eran más conocidos. Esta venta dio origen a un pleito que algunos no pensaban prescrito y que creían encerrado en el arca misteriosa de Folledo desde la época de Felipe II. Prescrito y nada misteriosa. Sólo quedó de cierto durante largos años el enfrentamiento y el mote.

   Por eso los de Buiza se encargaron bien de airear los motes de sus vecinos, a los que se les llamó los de la viga atravesá, atravesaos, y, sobre todo, turcos.

   Los dos primeros motes, sinónimos, le vinieron porque querían meter en la iglesia una viga atravesada.

   El caso de turcos viene de un hecho que ha llegado a través de muchas generaciones. Un grupo de habitantes de Folledo fue comisionado por el Concejo para comprar una imagen de Cristo crucificado. Como les dieron un Cristo «muerto» y no habían consultado este extremo con el pueblo, lo pidieron «vivo», y ellos mismos se encargarían de matarlo. De ahí el mote de turcos, en doble acepción: judío, bruto.

   Éste es uno de los pocos casos de motes que recoge Francisco Escobar García en Gordón. Apuntes para la historia del Municipio. (Pág. 310).

   No es de extrañar, pues, el regocijo de los de Buiza al decir:

   En Folledo, señores, verán
   lo nunca visto:
   son tan brutos que matan
   al mismo Cristo.

   Los de Folledo tenían respuesta:

   Si en azúcar os pagamos,
   os llaman «azucareros».
   Si supiesen lo del vino,
   ¿os llamarían vineros?
   Borrachos, antes y luego.

   Lo cierto, de cualquier forma, es que los de Buiza recibían otros dos motes, aunque sea lo de azucareros algo así como el oficial: gitanos y burros. Desconozco la razón de los dos últimos, aunque, con referencia al segundo, he oído en muchas ocasiones:

   A los que veas con serón
   sin duda de Buiza son.

   Un hecho histórico, con todos los componentes legendarios que se quiera, fue la razón de estos apodos.

               LA ABUNDANCIA, UNA RAZÓN

   Peredilla es, sin duda, y por razones debidas a su situación, el pueblo más desvinculado del resto, excepto con Puente de Alba cuando éste perteneció a Gordón (Juan J. Sánchez Badiola, Orígenes históricos de la Tierra de Alba, en «Tierras de León», y con Nocedo, con cuyos habitantes mantuvieron en algunos momentos una cierta tensa relación.

   Su apodo es raneros. Y es que a la entrada de Peredilla había unos praos que estaban siempre encharcados. Y llenos de ranas, que croaban casi de forma permanente. No es de extrañar, pues, lo del mote.

  

  
 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

   Los de Llombera fueron conocidos, y en alguna medida lo son, como los de Tamba, porque en la línea de los tesoros propios, alardeaban frecuentemente con lo de

   Entre Tamba, Tambica y Tambicón
   hay un tesoro que vale más
   que la ciudad de León.

   Incluso hablaban de otro, en la zona de La Portilla, que ha de salir

   a punta de reja
   o a resbalón de oveja.

   Este fenómeno, o muy parecido, se da en otros pueblos de Gordón. Así, María Rodríguez, de Santa Lucía, me recitó:

   De Peña Cuchillar
   a Peña Boracá
   hay un tesoro
   que se puede sacar
   con punta de reja,
   con pata de oveja,
   con garbo de moza
   que se llama Sinforosa.

   Pero los de Llombera eran conocidos, sobre todo, como fayuqueros, por la abundancia de hayas y de sus frutos  (hayucos/fayucos), que comían, en algunos casos, en éste y otros pueblos de la comarca.

   No llevaban mal lo del mote. Incluso lo aprovecharon para jugar lingüísticamente con él y llamar poéticamente «animales de bellota» al resto de los pueblos. Tal se desprende de los versos de un anónimo alumno de la que fuera importante Preceptoría de Llombera -que necesita un estudio detenido-, escritos a principios de siglo:


   Si por fayas, «fayuqueros»,
   y a los que trabajan la camba
   llaman todos «camberos»,
   y llegan los de Huergas y andan
   diciendo que son «gorgueros»,
   ¿por qué de nombre no cambian
   los que se dicen mundanos?
   Si viven en el mundo, hermanos,
   será su nombre «munderos».
   Y si viven de las manos,
   habrán de ser muy «maneros»,
   que no llamarlos manitas,
   pues parecen mariquitas
   a pesar de ser muy toreros.
   Si nosotros nos decimos,
   con mucho honor, «fayuqueros»,
   seremos hoy los primeros
   en poner orden sin cuento:
   como no es nuevo el invento
   de que recojáis la bellota,
   seremos también los primeros
   en llamaros «belloteros».
   ¿O será mejor, hermanos,
   que os llaméis bellotanos?

                     HAY OTRAS RAZONES

   Vega y Nocedo reciben el mote, compartido por primera vez, de gallegos, aunque no sean las mismas razones las que lo sustentan. Eso sí, en el fondo del mismo subyace una intención claramente despectiva.
   Eran gallegos los de Vega por ser considerados «tozudos» por los de Los Barrios y los de La Pola principalmente. Los primeros no admitían oír decir que el «fundador» de su famoso castillo -junto con los de Alba y Arbolio, importante baluarte contra los moros- fuese de Vega, de la familia de los Tusinos. Los de La Pola tampoco admitían que Vega fuese la causa del nombre de Gordón. Unos y otros les decían: «Ni caso, sois unos gallegos». Creo que ningún mote como éste fue puesto con tanto despecho.

   Eran gallegos los de Nocedo pensando más en su aislamiento que en otra cosa. Los de Peredilla, con quienes guardaban mayor relación de vecindad, con pros y contras, les hacían rabiar con el asunto. Una vecina de este pueblo me decía que recuerda -y el presente se remonta a principio de los ochenta- que, sin conocer el origen del mote, les cantaban desde el Camporeto de la ermita mientras guardaban las vacas:

   Los gallegos de Galicia,
   cuando van de procesión
   llevan un gato de santo
   y una vieja de pendón.

   El recuerdo de esta mujer llega a 1915.

   Los de Nocedo, sin embargo, recibieron un segundo mote, que tiene más que ver con los expuestos en el apartado anterior. Eran apodados nogueroles, por la abundancia de nogales, clara razón toponímica de Nocedo/ Nucetum  (Vicenta Fernández Marcos, Los vegetales en la toponimia leonesa, en «Tierras de León».

   Aunque se les llamó también sardineros -nunca he llegado al porqué-, los de Huergas fueron conocidos fundamentalmente como gorgueros. Y es que, según cuentan, los vecinos de este pueblo se creyeron muy «importantes» al haber sido «villa por sí» y tener un buen archivo desde el siglo XVI. Esto les hizo pensar que se trataba del pueblo más importante del municipio. Incluso era el pueblo que más canciones «típicas» hacía del ¡Viva!, como ésta:

   En la peña del escobio
   ha florecido un sardón
   con un letrero que dice:
   ¡Viva Huergas de Gordón!

   Todo ello hace que alguien le buscase el mote de gorgueros, con clara referencia metafórica a la gorguera, ese adorno del cuello, de lienzo plegado y alechugado. Y, además, tenía cierto parecido fonético con el posible gentilicio vulgar de Huergas.

   Parecida actitud de principio tenían los habitantes de Los Barrios, aunque por distintas razones. La historia de Gordón estuvo en buena parte ligada a la historia del castillo de Los Barrios. Esto, unido a su aislamiento, les dio también ciertos aires. Por eso, como el resto, insultaban a todos, pero, como única excepción, se sentían exentos de cualquier tipo de calificativo. Hasta el punto que eran frecuentes actitudes como ésta:

   Los de La Pola son gatos,
   los de Beberino, capones;
   los de Huergas, sardineros,
   los de Los Barrios...  no hay cojones.

   Alguien, cansado igualmente de esta situación, comenzó a llamarlos projuros. Y con el mote se quedaron. Detrás de la palabra, según me apuntan, se escondía la intención de llamarles renegados, blasfemos.


  
  

 

 

 

 

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